jueves, 25 de febrero de 2010

DiEciOcHO




Conrado le dijo a su mujer que tenía una sorpresa. Carina estaba tejiendo una colcha cuando su marido, con un bonito ramo de flores en la mano, entró por la puerta y dijo:
– Mi amor, te traje una sorpresa.
La mujer de Conrado pensó por un instante y descartó cualquier motivo lógico que pudiera explicar la sorprendente actitud de su marido. Dejó la colcha sobre la mesa y se lo quedó mirando.
– ¿Una sorpresa? ¿Para mí?
– Si bobi… ¿para quién va a ser? – respondió Conrado con cariñoso sarcasmo.
Carina sintió ganas de llorar. Se miraron por unos segundos.
– Si, teatro y cena, mirá…
Y le mostró los tickets.
– ¡Ay Rubén!
Carina tardó todavía un momento en reaccionar. Estaba tan feliz que, camino al baño, se llevó por delante la mesita ratona. Una hora después salía de la habitación peinada y maquillada, con jeans y una remerita negra bastante escotada para su edad.
– ¿Cómo estoy? – le preguntó a Rubén.
– Hermosísima – dijo él y le dio un beso en la mejilla.
Después de la obra fueron a cenar a una pizzería en el Microcentro. Una vez en el coche, a punto de regresar, Conrado dejó entrever que todavía faltaba algo. Encararon para Avenida del Libertador.
– ¿Adonde me llevas?
– Ah
Entraron en un telo.
– Ay, hace mucho ¿no? – dijo Carina y le acarició la pierna a su marido. Notó entonces que ya la tenía muy parada.
– Soy Rubén Conrado – anunció en la ventanilla y le pasó un papelito al empleado. Este, a su vez, le alcanzó una tarjeta con un número y le dijo que tenía hasta las ocho.
– ¿Hasta las ocho? ¿No ténes que trabajar mañana? ¿Por qué le dijiste tu nombre?
– Shhh, ya vas a ver…
Bajaron del coche y subieron un piso por las escaleras. Los pasillos del telo estaban iluminados por unos faroles que arrojaban una luz amarilla sobre sus cuerpos. Las paredes eran de madera y el piso tapizado por una alfombra de un verde crudo. Carina observaba todo con mucho interés, ay, hace tanto que no iba a un hotel de alojamiento. Doblaron y caminaron hasta el fondo. Cuando pensó que no podían avanzar más, Conrado miró los números, pegó otro giro y camino unos metros. Llegaron a la habitación 102. No se veía nada, pero a tientas bajaron una escalerita. Cuando se escuchó una voz, quedaron inmóviles.
– Por acá – había dicho la voz.
Se encendió entonces una luz muy leve. Un muchacho de traje, rubio, los miraba, en realidad, la miraba a Carina. Esta a su vez miraba a Conrado.
– ¿Adonde me trajiste? – alcanzó a preguntar.
Conrado movió la cabecita, como pidiéndole calma.
– Si esta es tu idea…
Pero no completó la frase. Permaneció en silencio, pensando que el rubio era joven y muy lindo, que después de todo, pero que raro, nunca creí, volvió a pensar.
– ¿Así que ella es Carina?
– Ajá
– ¿Cómo?
– Tranquila mi amor
– Me llamo Agustín, su marido contrató un servicio, un servicio particular, digamos…
La luz parpadeó. Carina amagó con irse pero luego se dejó sujetar por la mano de su marido. El rubio sonreía.
– No duele nada, nunca hubo quejas – dijo el muchacho buscando un tono tranquilizador que consiguió a medias. Conrado se percató del impacto que había provocado la frase y le acarició la mejilla a su mujer.
– No es lo que vos pensas
– ¿Se puede saber que es entonces?
– Por favor, un momentito… ¿Qué decidió señor?
– Dieciocho – respondió Conrado con seguridad, como si hubiese estado esperando la pregunta toda la noche, lo que en realidad era cierto.
–Dieciocho – repitió el muchacho rubio para estar seguro, para saborear el momento e imaginarse a la mujer. Después le señaló un biombo a Carina y le dijo que pase. Como ella dudaba, volvió a sonreír.
– Vas a ver que lindo, haceme caso, yo estoy acá, te va a gustar…
Carina imaginó que, después de todo, no sería malo darle un gusto a su marido, además, si no ahora, ¿cuándo? Se acercó con pasitos vacilantes hacia el biombo.
– Desnudate por favor – fue lo último que alcanzó a oír Conrado.
El muchacho rubio se preparó y entró al biombo por detrás. Después de hablar con Carina, la acostó en una camilla, y con ayuda de una mujer que acababa de aparecer, la llevaron a un segundo cuarto.
Unos minutos después comenzaron los gritos. Conrado, por supuesto, no podía ver nada, pero estaba sobre aviso: el proceso dolía un poco.
– Ay ay ay, la puta – gemía Carina – Ui, dios mío.
A Conrado le habían explicado que era como tirar el cuerito cuando uno está empachado. La mecánica era la misma, solo que era otro cuerito el que había que despegar. El problema había sido siempre cómo convencerla a Carina. A la media hora, por fin, se abrió la puerta.
– Dieciocho – se apresuró a decir el muchacho rubio, contentísimo. Detrás de él apareció Carina, con la cara y el cuerpo de una chica de dieciocho años. Temblaba de la excitación. Tenía las tetas firmes, flaquita, en el espejo de la sala no lograba reconocer sus gestos. La mujer que había hecho de auxiliar explicó que habían sido 39 tirones, por eso la tardanza.
– ¿Y la señora que decide? – preguntó finalmente, después de una pausa.
– Lo mismo – respondió sin pensar.
Carina estaba pasmadísima. ¡Su voz! ¡Su voz era una locura!
Cuarenta minutos después Rubén Conrado salió hecho un pendejo, sin barba, radiante como nunca.
Salieron de la habitación: el muchacho les había explicado que disponían hasta las ocho, hora en que el cuerito de la edad volvería a pegarse. Después de esta noche, en las sucesivas oportunidades en que quisieran repetir la experiencia, cada vez sería más difícil y doloroso despegarlo.– Ahora si, vamos a garchar – dijo Conrado, mientras apoyaba la palma de la mano en el culito hermoso de su mujer.



Que buen cuento!!!

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